Un terrón de tierra

Foto de la portada: Joaquim Gomis Sardanyons ©. Odette en un la región francesa de Megève (1939), durante el exilio de la família Gomis.

 


“Escribo desde los márgenes y tengo voz y espacio para reivindicar lo que hago y aquello en lo que creo, a diferencia de la mayoría de mujeres del mundo rural”. No es nada fácil escribir sobre algo como Tierra de mujeres, porque lo que ha escrito María Sánchez no es solo un libro. No sé como empezar. Me rindo, por ahora. Cojo las llaves y me voy. Desgrano un terrón de tierra mientras camino entre laureles, pinos y almendros. No es solo un libro, pienso. No es solo un libro.

La verdad es que pienso que es algo que marcará un antes y un después. Un manifiesto. Un cuaderno de campo, donde la voz es igual de importante que el texto. Un cuaderno de campo en prosa entrelazado con el Cuaderno de campo (2017) en verso. Un poemario que nos anunciaba que había nacido una voz imprescindible en nuestra literatura. Una voz viva, una voz que debe ser escuchada y que ahora ha dibujado una narrativa increíblemente personal y transversal donde reposan reivindicaciones, recuerdos, realidades y anhelos.

Digo que me resulta difícil escribir sobre Tierra de mujeres porque siento que se ha escrito algo que me libera, y nos nombra. A mi abuela, a mi abuelo y a mí. Hace tiempo decidí volver al pueblo, yo solo (pero sin furgoneta). Al pueblo donde mi abuelo me enseñaba a cavar regueros en aquel huerto ahora desierto. Me pasaba las tardes diseñando estrategias para que el agua pudiera llegar del pozo a las patatas. Y al final, al lado de las zarzas, donde no crecía nada, estaba mi pequeño territorio. Lleno de agujeros sin sentido, como ahora cuando los jabalíes buscan comida por la noche y ya no encuentran nada porque en el pozo no hay agua y la tierra se está secando.

“El campo no necesita que las ciudades lo hagan más atractivo”. Pienso que quizá el huerto de mi abuelo se esté secando porque a nadie le importa que las comunidades se sequen, también. La lucidez en cada párrafo es alentadora. La cotidianidad de cada página son las manos de la autora relatando lo que ven sus ojos, oyen sus oídos y palpan sus dedos. Lejos de la nostalgia lo que hace María Sánchez es proyectar el pasado como algo sinérgico para reivindicar un presente vivo, y sin estigmas.

“Escribo en la misma mesa que la vida sucede” (pág. 134). La imagen, en el Instagram de María Sánchez ©

“Ahora nos toca a nosotras construir nuestra narrativa”. Y al escribir desde la mesita donde reposa toda su rutina la escritora, la veterinaria de campo, María, nos sumerge en una atmósfera cruda y real. Un poco la suya. O no. De hecho no, un poco no: la suya. Así. Sin más y con todo. No nos quedamos en lo teórico, vamos a llenarnos de barro para exponernos a todo lo que comporta vivir el medio rural, y vivirse, una misma, desde allí (aquí), ahora. La soledad no-negativa, el feminismo, las calles donde las persianas cobran vida al pasar, los bares llenos de hombres que miran, el sentimiento de pertenecer.

Salgo del libro y recuerdo las historias de Anita, la que fue la primera maestra del pueblo y que hoy, con noventa y tres años, sigue enseñándonos todo lo que los libros deberían contar. Que lo rural es cultura. Que con este libro nos hablan todas. Nos gritan todas. Se reivindican. Porque estuvieron, y están. “Grupo. Comunidad. Palabras. Lengua”. Germinan referentes literarias. Y quizá las reivindicaciones sean para quien no quiera verlo, porque la conceptualización viva del medio rural es real, y no un anhelo. El anhelo es que la voz que habla entre campos y pastos no sea ignorada, denigrada. Que la jerarquía entre urbanidad y ruralidad es una imposición hecha de alquitrán. Que lo rural no es ni la arcadia, ni lo paleto. Sencillamente: es. 

“Escribir bien es difícil. Y con escribir bien me refiero a contar, con la máxima simplicidad, las cosas esenciales”. Mercè Rodoreda volvería a escribir estas líneas* si leyera, hoy, este Tierra de Mujeres publicado por Seix Barral. Y es que María Sánchez nos confiesa que quiere que “este libro se convierta en una tierra donde poder asentarnos todos y encontrar el idioma común”. Y lo ha conseguido.

No es solo un libro, pienso. Es un terrón de tierra. Las palabras se trocean entre mis manos y caen sobre el campo que volverá a compactarlas. Y volveré a coger un terrón, y a caminar entre almendros, entre los cipreses que plantaron mi abuela y mi abuelo para parar el viento. Y miraré las rosas que ella plantó, y me detendré. Mientras el mistral desgarra agua de mis ojos al mirar la silueta del pueblo donde me vivo, ahora, otra vez. Que lo de María Sánchez no es solo un libro, es una realidad. Es tierra.

(*) del prólogo de
Mirall Trencat
(Rodoreda, 1974)
Aleix. Costa
Escribo. Periodista cultural. Feminista.

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