Un cosmos irreversible


Tres años han pasado y parece que sean muchos más. Electricidad, contundencia y mucha lucidez. Zahara vuelve con un álbum explícitamente cuidado. Recordándonos que no ha perdido la esencia de Santa (2015), demostrando que ha despegado hacia un camino que tan solo ella logrará escribir. Astronauta es un pedazo de álbum que merece ser escuchado en el orden y la cadencia propuestas. Con un sonido abrumadoramente sofisticado sin perder el minimalismo del mensaje.

Abrimos la galaxia con un David Duchovny que se nos presenta como una declaración de intenciones. Realmente vamos a encontrar canciones que podrían haber sido parte de la banda sonora de algún archivo oculto, aunque muchas otras te inviten a ir en descapotable por la California más hedonista. Y empezamos a subir, con irreverencia, sintetizadores y unas guitarras que brillan, “hacia la planta 102”.

En lo más alto del edificio, despeinadas, salimos del ascensor para encontrarnos un Santi Balmes que nos aporta una calidez y una sinergia brutales. Ante uno de los mejores temas del disco, entramos en la habitación y empieza a sonar Guerra y paz. Tercer single con una letra impecable, con una historia común retratada a través de la perspectiva inédita y más «sellística» de la autora. Nos miramos en el pasado que vivimos, nos rompemos y aún no hemos vuelto a encajar. Ni con nosotros mismos.

Todas somos un poco bipolares, al fin y al cabo el amor y las relaciones nos perturban alguna vez en la vida. Así que después de romper la botella de vino de la neverita de la habitación nos miramos al espejo del armario y juramos por Dios que “mi vida sin ti ahora es mucho mejor”. Y lo rompemos, el espejo y la persona que nos jodió y ya no se merece nada nuestro. El Fango. ¿Redención? ¡Y una mierda! “Nos vas a volver a saber de mí. […] Me da igual verte marchar”.

Y salimos. Entramos en el ascensor, aún despeinadas. Solas. Bajamos, planta cinco. Quinto tema, segunda colaboración. La canción más ecléctica del disco, un viaje hacia un sistema solar desconocido que encaja muy bien con la filosofía del álbum. Una teletransportación, con un piano brillante, y una decadencia en el aire que irradia los vestigios de este Big Bang con Miguel Rivera.

Entre los ecos de la explosión la cabeza duele, el ascensor se para, se abre la puerta y entramos directamente a lo más pop del disco, la canción que querremos ver bailada por la propia Zahara en cada uno de sus conciertos. “Me pregunto si queda algo de mí” y la respuesta es que sí. Con una melodía digna de single la letra nos sigue recordando las peculiaridades de aquella compositora de los dos mil diez. Éxtasis en la pista con Bandera blanca.

“Soy el niño que tropieza y en el suelo espero que vengas por mí”. Durante cuatro minutos y medio nos vamos directamente al 2015. Como si de un bonustrack de Santa se tratara con Multiverso el guiño al sonido de siempre es indiscutible e inevitable. Se agradece. Aunque hasta ahora no dudábamos que la esencia de Zahara seguía presente con Hoy la bestia cena en casa nos quedamos tan confusas como extasiadas de bailar.

Poco que decir de este séptimo track y primer single. Sin complejos y con una apuesta audiovisual en el videoclip destacable, perfeccionando el envoltorio de una composición que va más allá de lo pop con un mensaje reivindicativo explícito y canalla que agarra tan fuerte como su melodía. Aún no nos hemos ido de la pista de baile. Y tenemos ganas de más. “Miau, miau, miau”.

Salimos del edificio. Sin chaqueta, llueve, poco. “A ti te gustaba follar” estos días. Y sigue lloviendo, y nos mojamos. Odiamos el paraguas. Y la lluvia sigue, y llueve más, y todo a nuestro alrededor se acelera, y los rayos caen muy cerca, y los truenos gritan, y de repente: el éxtasis. El diluvio universal es de los temas que van directos al podio de sus composiciones. Crescendo orgánico hacia una grieta que desgarra. “Taquicardia”.

Desfibrilador. 1500 voltios. Despertamos en un sofá, en una ventana frente a las estrellas. Resaca. Seguimos en el mismo universo pero nos desnudamos. Mucho. Lo imprescindible crece, la letra es la esencia, los acordes el satélite de palabras cotidianas, mágicas sin pretensiones. Con auriculares, por favor. “Las cataratas nos asombran, vista una vistas todas”. Adjunto foto del Café Verbena es lo más íntimo del disco. Y una de las mejores, sin duda. Y nos encanta. Mucho.

Número diez. Y última. Sin dejar de mirar a través del cristal de la ventana, aún con el eco de Coyote Dax, con una taza de café en las manos, como si fuéramos Amy Adams, nos vienen a buscar. Homónima del disco El astronauta es sedante, hipnotizante. Subimos, anestesiadas, a nuestra nave espacial. Luces, hechizos, calma. Serenidad y equilibrio.

Llegamos a nuestro destino sin importarnos cuál es, en realidad. El trayecto ha sido fascinante. Estamos ante uno de los discos del año sin duda alguna. Evolucionando sin perder nada que valiera la pena conservar. Con algo tan verosímil como su carisma y su talento para crear universos paralelos, irreverentes y particulares. Indie, pop. Quizá no valen las etiquetas para alguien que ha compuesto, ya, algo tan propio como estelar. Zahara ha creado su propio cosmos irreversible. 


 

Aleix. Costa
Escribo. Periodista cultural. Feminista.

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